Fragmento del diario de Amanda

Encontré a Eli “Paperboy” Reed mientras giraba por la tienda como lo hacen los vinilos en el giradiscos, a 45 rpm. Las estanterías de las disquerías son como los sentimientos, como las etapas de la vida, con sus gritos, su paz, su lamento. Son grandes libros de Historia Universal, repasando la alegría, la guerra, la esclavitud. ¡Putos capullos que solamente escuchan la radio, de hit en hit, de mierda en mierda! ¡Ah! ¡Suene la canción de…! Un disco es como un cuadro, no se puede mirar sólo un trocito. ¡Qué naricita tiene la Gioconda! El tendero me respeta, me deja a mi aire, me desea pero no me habla, seguro que se imagina cómo es mi vida, y cómo sería la suya conmigo, que disco dejaría sonar mientras me pide que me desnude para él, slowly, sí, nena sí. ¡Nooo! Las braguitas déjatelas. Bien pensado, por unos discos puede que me disponga a hacer realidad sus sueños y le deje tocarme por un vinilo de Otis.

Fragmento del diario de Luisa

Luisa

No tendré que confesar otra mentira. “Las mentirijillas hacen llorar al niño Jesús” nos obligaban a repetir en la escuela, a escribirlo cien mil veces en nuestros cuadernos rayados, mientras, una a una, día a día, iban llenando nuestra enorme mochila de la culpa de piedrecillas, para hacernos cada vez más pequeños, para encorvar cada vez más la espalda de nuestros pecados. Pero esta vez no fue así, no tuve que llorar en la cama golpeándome el pecho arrepentida. Sentada como estaba en un banco viendo pasar bolsas de plástico con los relucientes nombres de las tiendas a la vista, pegados a manos con las uñas pintadas, apareció Amanda. Ya me había fijado alguna vez en ella por los pasillos del colegio cuando su pelo lo llena todo, en los baños, sentada en las escaleras de la entrada, siempre sola, con ojos entrecerrados espiándola desde las esquinas, provocadora e insultante, dura con los maestros que recriminaban su actitud, siempre guapa y especial. Pero nunca jamás pensé que se acercase a hablarme, que despertase su atención. Ella que está en boca de todos acercándose a mí, que nadie ha sabido hasta ahora nunca que existo, que tengo nombre y uso su aire. Ella, que lo tiene todo, me abordó en plena calle y lo primero que sentí fue vergüenza, una desazón enorme que me quemaba las entrañas. Vergüenza de no tener respuestas a la pregunta de qué hacía allí, de no sujetar nada entre las manos, de la ropa que llevo puesta a diario, de la de los domingos. Se me llenó la boca de excusas inútiles a preguntas nunca formuladas, de vaguedades.

Te vi.

Te vi. Tú a mí no. Eran las cinco de la mañana de una de esas larguísimas noches de invierno en Madrid. La oscuridad era absoluta y, cuando se encendió la luz de tu portal, este se incendió como supongo que hace miles de años se incendiaban las cuevas cuando se hacía fuego dentro.

Te vi. Observé claramente como te calabas el gorro hasta las orejas, como ajustabas la bufanda al contorno de tu mandíbula y como subías el cuello de tu abrigo, dándote cierto aire de gángster de los cincuenta. Muchas veces te imaginé bajándote de esos inmensos automóviles negros rodeada de matones y de una nube de periodistas. Tu belleza era… es, no voy a traicionarme a estas alturas, de cine. Tus labios de rojo intenso marcaban la dirección de las flechas de la calle. Respirabas muy fuerte. Incluso a través de tu bufanda, una nube de vaho escalaba hacia las chimeneas de los edificios.

No. No quieras hacer memoria. Tú a mí seguro que no me viste. Como te digo, la calle estaba a oscuras y yo me escondía detrás de esa espesa capa de humo que sale de las alcantarillas, que se corta con cuchillo en las noches en que el frío se pasea como una congregación de aguijones solitarios. El humo hacía entrever que bajo tierra la ciudad era un hervidero; nada más lejos de la realidad, todo dormía tranquilo. Sí bueno, aunque he de reconocer que tu presencia dotaba de cierta magia a la escena. Un solo ser animado, bueno dos, pero yo estaba detrás de una especie de escaparate. Como digo, un solo ser animado y parecía que todos los objetos bailaban a su alrededor. Resoplaste de nuevo… y diste el primer paso.

Seguía viéndote. La escena era buena pero faltaba un detalle, algo que la hiciera especial y, como de costumbre, sacaste a pasear tu chistera… ¿dije antes gorro? No podría asegurar ahora si llevabas puesto tu gorro de lana o una chistera llena de conejos y una varita mágica, la memoria me traiciona de nuevo. Como te digo faltaba un detalle. Al pasar por al lado de la primera farola, te agarraste a ella y, en un solo movimiento, completaste una vuelta a su alrededor, alejándote de ella con un brinquito alegre… y el foco se encendió, un solo segundo después de que comenzaras a silbar esa canción que siempre silbabas al beber tu café.

Ya estabas llegando a la esquina y al estribillo y, nada más girar, la farola se apagó de nuevo, como si el telón de un teatro cayese sobre el escenario. Recuerdo, esto sí, esto lo sé seguro, que aplaudí con todas mis ganas mientras me reía a carcajadas. Esto lo sé seguro… tan seguro como que te vi y tú a mí no.

Apuntes para un imposible final cerrado

mi nombre sin nombre

Muchas tardes Ossip se acerca a la terraza del lago y allí empieza a escribir en su moleskine así como escribe él, sin puntos ni comas, sin parar, sin casi pensar.

Hoy recuerda que una vez hablaron del principio de incertidumbre, hablaron sin saberse ellos (otra culpa más de él), disimulando la distancia de la suplantación, disimulando la certidumbre de toda esa incertidumbre. Quizá hablaban de literatura, Ossip ya no lo puede recordar, y de pronto se juntaron el efecto mariposa y el principio ese que más parece un final abierto (de eso hablaban, de eso, de finales abiertos y finales cerrados, pero él no podía ser ya él y ella era tan ella, tan de siempre acomodando las palabras entre sus labios).

Todo lo malo parecía haber pasado ya y una tarde ella le abrío de nuevo la vida en una esquina, con un paragüas y su sonrisa de dejarte…

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El secreto

Fragmento de  “Tres muertos en una nube”, dentro de los diarios de Lionel, uno de sus protagonistas:

Acumula en una caja de zapatos cartas antiguas, casi todas del pueblo, con novedades de un lugar que durante mucho tiempo no produjo novedades. Al final de la caja cuatro cartas separadas del resto por una goma elástica, enjauladas por una goma podrida, me descubrieron un nombre nuevo, un eco que nunca había rebotado antes en aquellas santas paredes: Carlos. Miré a mí alrededor, pero después de pronunciarlo en alto, no aprecié en San Pancracio ni en Santa Rita gesto alguno de familiaridad. Pero Carlos no era quien yo pensaba en un primer momento. No era un hijo perdido en una guerra lejana de quien yo nunca hubiese escuchado hablar. Carlos no era tampoco el amante secreto de la abuela, no se la llevó jamás a un descampado y le arrancó con furia las bragas mientras la llenaba; no le prometió nada, ni alquiló un piso donde pasar las tardes a escondidas de los ojos fisgones de los demás, alejados del veneno de las lenguas. Carlos nunca le mandó flores sin tarjeta, ni hizo sonar el teléfono en mitad de la noche para, en silencio, al otro lado de la línea, escuchar, mientras frotaba la mano contra su entrepierna, la respiración entrecortada de una muy joven y sucia abuela. Carlos nunca la conoció. Carlos le escribía a su otro amante: a mi abuelo. A él sí le hablaba de los paseos a solas por las partes más oscuras del alma y el parque, de las manos despistadas en la bragueta, de las bocas que besan lo besable y lo no besable. Al abuelo sí se lo llevó al billar, a simular con el taco y probar otras bolas; a él sí le pagó cafés, y bebieron de la misma taza. Organizaron falsos viajes de negocios, a picar otras piedras. “En Lisboa te susurraré fados al oído. Llegaremos hasta allí en coche, con tan sólo nuestras camisas puestas, y te podré recitar durante un larguísimo día de viaje…”.

https://www.amazon.es/Tres-muertos-en-una-nube-ebook/dp/B01B5C4MGY/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1460671820&sr=8-1&keywords=tres+muertos+en+una+nube

EL EMIGRANTE

 Se vio empujado a irse. Como muchos otros, hacía tiempo que sabía que llegaría el día en que perdería de vista, por lo menos durante un montón de años, aquellos paisajes, que llegaría el momento en que pasease por aquella playa y por aquel puerto sintiendo que podía ser la última vez. Comenzó a aferrarse a los recuerdos antes de perderlos, a grabar en su mente cada olor, cada piedra. Paseaba despacio entre las estrechas calles rozando las piedras de las casas con las yemas de los dedos, se embadurnaba las piernas de arena y lavaba sus mejillas con el agua clara del mar. No quería perderse nada. Percibía en las miradas de sus vecinos el calor del hasta siempre y la camaradería que solamente los que llevan viviendo eso desde hace muchas generaciones son capaces de sentir y transmitir.

 Hacía meses que el pueblo había ido cerrando poco a poco. Primero fue la fábrica de sal la que bajó sus verjas, llenando de oscuridad los puestos de trabajo de unos cuantos. Después la mina dejó de ser rentable y pararon de chirriar las vagonetas. Dejaron escapar tantas cosas que, cuando se dieron cuenta, se les había escurrido el futuro entre las manos. Y comenzaron los funerales en vida, las familias rotas, las mentiras, los orfanatos, el llanto de una sociedad, callado y seco, que vivía sus esperanzas disueltas en el humo de los barcos de vapor que cruzaban el océano y que comenzaba a diseminar sus semillas por medio mundo.

 Él se resistió. Aferrado al olor a pan de huevo y a emparedados, a remendones en las redes y en las nasas y al zumo de los limoneros, hasta que el destino le dejó un recado en forma de nudo en el estómago y sabañones en el corazón. Una gotera en el tejado terminaba por inundarlo todo y el hambre no entendía de proyectos ni de tiempos mejores, así que un día, después de tantos otros sentado frente al mar viendo como las olas se llevaban la vida, se subió a un carromato y se encontró en un puerto que, por cercano, le parecía casi extranjero, preguntando el precio de un pasaje a la ilusión.

 Al regresar a casa, esperó a después de la cena para comentarle a todos su decisión. No hubo escenas, no hubo gritos ni gestos acelerados. Sólo el tic-tac del cuco del pasillo distorsionaba el silencio. Su madre dejó caer dos lágrimas como dos ríos, se levantó y sacó una maleta grande de cartón que depositó en la mesa del comedor. Se secó las lágrimas con las mangas de su chaqueta, se la sacó y la introdujo en la maleta. Supongo que el miedo al olvido es el mayor de los temores que puede sufrir una madre.

 Sólo faltaban tres días. No hubiera podido estar más tiempo con esa sensación. Se sorprendía al emocionarse al contemplar un cuadro que nunca le había gustado o al sentarse al pie del crucero de la iglesia. Sabía que ya nadie miraba igual a los suyos. La tendera metía una patata más en el saco y el lechero rellenaba casi hasta rebosar las botellas, compartiendo el duelo. Nunca tuvo muchas cosas, pero cuando las metió en la maleta, su cuarto le pareció una cueva, un descampado.

 El día antes de partir, su padre lo despertó temprano. No había dicho ni una palabra desde la noticia, puede que avergonzado por no haberse ido en su día. Cogieron un cerdo de la cochiquera y se fueron al mercado para intentar juntar el dinero del pasaje. La gente los observaba con el respeto que se merecen los intrépidos, con el reconocimiento de la dignidad hecha viaje. Casi no intercambiaron más que unos gestos; solamente, cuando ya estaban llegando, le pasó la mano por el hombro y, apesadumbrado, comentó:

– No olvides escribirnos, nosotros encontraremos a alguien que nos pueda leer tus cartas. Alguien habrá, seguro.

 Pasó la tarde sentado en el banco de piedra de debajo del limonero, con los suyos, intentando recordar cada mirada, cada gesto de sus hermanos, cada arruga de su abuela. No durmió, le esperaba un largísimo viaje hacinado en un camarote. Únicamente sus padres lo acompañarían a coger el barco. Se despidió del resto de la familia y echó un último vistazo a todo. Luego cogió su maleta y comenzó a bajar la cuesta hasta la plaza, de donde salía el coche de caballos que los llevaría a pie del barco.

 Era enorme. Nunca había visto uno así en su pueblo. La cola de gente que esperaba para embarcar era un conjunto de gestos, de escalofríos y de miradas perdidas. Mucha gente no tenía siquiera quien le acompañara, y en vez de agarrarse a sus familiares, se aferraban al paisaje, y empujaban con sus pies fuertemente hacia abajo, como queriendo echar raíces y vivir del agua que caía a mares. El primer pitido del barco de vapor retumbó en las casas de alrededor hasta perderse en el horizonte y los cuerpos comenzaron la procesión de las almas a través de la escalerilla del barco; no todos, algunos olvidaban su alma en tierra. Cuando hubo subido seis o siete peldaños, se giró para ver a sus padres por última vez. Su madre corrió hasta el comienzo de la barandilla y, ya sin contener sus emociones, casi retorciéndose de dolor, grito:

– Por favor, no nos olvides nunca.

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 Pasaron seis meses antes de que mandase la primera carta. Una eternidad para los que aquí esperaban, un instante para quien el mundo comenzaba a girar vertiginosamente. Nada más llegar se encontró con un lugar donde cientos de miles de personas se apretujaban esperando su oportunidad. Se pedían cocineros y aparecían más de mil. ¿Peones de construcción? Otros mil. Allí la competencia era tan feroz que decidió coger un tren antes de que el mundo lo devorase. Y encontró un trabajo cuidando los animales en una inmensa finca. No era gran cosa pero le permitía vivir y, de cuando en vez mandar algo de dinero a casa acompañado de una carta. Pero el paraíso no estaba tan bien asfaltado como él pensaba, y pronto se vio de nuevo deambulando por el interior de un lugar desconocido.

 Comenzó a mandar cartas mucho más a menudo, a convertir aquello en su manera de aferrarse a la cordura. Hablaba de un mar que le llevaba el olor de la cocina de su casa, de una playa a la que llegaban, flotando, hojas de limonero. Decía escuchar el repicar de las iglesias, retumbando en las casas de piedra, y les interrogaba sobre si aquella lluvia de esa mañana de mayo caería, acaso, de una nube que ellos hubieran visto primero.

 Y entre carta y carta, vio montañas más altas de lo que nunca hubiese imaginado que existían, y ríos con una anchura tal que dudó si no hubiese llegado a otro mar. Y entre párrafos, entre tinta seca y mendrugos de gloria, fue luchando por sobrevivir.

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 Contaban con la ayuda de una vecina. No hubiesen podido hacerlo si no, porque ninguno de ellos sabía leer; también se llevó eso consigo. En un lugar donde lo cotidiano era un lujo, no habían tenido tiempo para pararse con algo que no quitaba el hambre. Así, según oían el timbre de la bicicleta del cartero subir la cuesta, luchando contra el empedrado, alguien salía disparado en busca de la lectora. Se sentaban junto al fuego a escuchar sus relatos, sus historias… Cada carta les descubría un poco más de aquel lugar lejano del que habían oído hablar tantas veces.

 Siempre mencionaba el mar. Y los olores. Y lo cerca que en realidad estaba de ellos, como si de golpe una resaca fuerte lo pudiese dejar el día menos pensado a este lado del charco. Era tan fuerte esa sensación que nadie se atrevía a tocar su dormitorio ni a ocupar su sitio en la mesa, por si volviese en cualquier instante a llenar el sitio con su sonrisa.

 Cuando terminaba la lectura, y su vecina se retiraba lentamente, sin querer deshacer el hechizo de sus pensamientos, la abuela se levantaba y, sigilosa, salía detrás de ella con el sobre en la mano. Ante el asombro de la chica, le pedía siempre que le leyese el matasellos. Era la única de todos que sabía que aquellas historias eran mentira. Matasellos tras matasellos lo confirmaba: desde donde su nieto estaba, no se podía ver el mar.